Viernes 25 de  enero

Me he levantado esta mañana y todo iba bien hasta que me dado un carallazo contra la pata trasera izquierda de mi cama. Cuando he ido a la nevera no salía frío. ¡Ay, qué carallo! He ido a revisar la parte del motor. Resulta que se ha vuelto a escarallar. Una de las piezas eléctricas que tiene por uno de sus laterales está escarallada y lo ha dejado inutilizable. ¡O carallo 29! Hay que reconocer que es una nevera vieja, así que, pasaré de arreglarla y compraré una nueva en la tienda de mi amigo Rubén, que es un tío caralludo y seguro que me hace algún descuento. Tendré que llamarle porque su tienda está en el quinto carallo y necesito tiempo para ir a hacer la compra mensual al supermercado. Le he llamado y le he explicado que la instalación que tengo no vale un carallo y que me haga un presupuesto. Me ha dicho que esta tarde se pasa y así nos dejamos de caralladas.

He salido de casa con las llaves del coche en la mano, pero como vivo a 300 metros y hace un sol de carallo, he decidido ir andando al supermercado y hacerle caso a mi nutricionista, a ver si llego a los diez mil pasos diarios. De camino he visto a mi vecina, estaba llorando en un banco de la calle peatonal. No pude evitar acercarme a ver qué carallo le pasaba. Había discutido con el carallán de su novio y no le apetecía ir a su casa por si su madre le veía llorando, y ya está ella bastante escaralladiña con sus problemas de cervicales. Tenía carallo la cosa. La única idea que se me ocurrió en el momento ha sido invitarle a venir a carallear con mis amigas y amigos esta noche, porque de carallada siempre he conseguido olvidar mis problemas al menos unas horas. Tras varios “no Carallo, no” de ella y otros tantos “nin carallos nin hostias” de mí, conseguí un “vale, pesado” acompañado de una sonrisa, mientras se despedía de mí y me daba las gracias por la preocupación, le citaba para esta misma noche a las 23:30. Ya en el supermercado, tras varias vueltas por el establecimiento, empalidecí un poco al ver que no tenían la mitad de los productos que necesitaba. ¡Manda carallo! La encargada me explico que habían tenido un problema con los camiones de reparto pero que en un día o dos todo volvería a la normalidad. ¡Tócate el carallo y baila! No tengo un día o dos. Tras comprender que era un problema de existencia y no tenían el supermercado vacío porque les salía del carallo, emprendí mi nueva ruta hacia el supermercado, eso sí, está vez en coche, que le den al nutricionista. Ese carallo es un cabrón que me hace comer brécol. Le tengo tanto odio que algún día le diré: “ven carallo, ven” y cuando se acerque, le daré lo suyo de parte de los azúcares, de las grasas saturadas y de las insaturadas. También podría tomármelo con más filosofía, tranquilizarme, respirar y decir…  ¡Bueno Carallo, bueno!

 

Dedicado a Xil Ríos.