Viernes 18 de enero

 

La pantalla de mi móvil se iluminó e hizo que le prestase toda mi atención. Era Laureano:
— Sito, voy a bajar a cenar por ahí. ¿Te apuntas?
Breve debate sobre el tipo de comida para cenar. Acabamos pidiendo un bocadillo en el “Mamita”.
— ¿Una birra mientras hacen la comida?
— Venga. — Contesté sin pensarlo dos veces.
Bocata contundente con su nueva ronda de cervezas correspondiente.
— Mira. — Me dijo Laureano mientras ponía su teléfono encima de la mesa, de forma que pudiese ver lo que me quería mostrar.
— ¿Qué es? — Pregunté sin entender nada.
— Ya soy propietario.
— ¿Te has comprado la casa? ¡Dios! ¡Qué bueno! ¡Felicidades rata! — Le decía mientras me levantaba a darle un abrazo, que, irrumpido por la melodía de llamada de su teléfono, Laure agradecía de forma tímida.
— Es Beiras, si bajamos a tomar una cerveza al centro.
— Venga. Pero solo una cerveza…
El trayecto de bajada fue una conversación continua sobre la nueva casa. Detalles estructurales, gestiones pertinentes realizadas y por realizar, etc. Cuando llegamos al local donde habíamos acordado vernos, no había rastro de Beiras.
— Voy a por unas birras, José.
— Venga. Te espero fuera que estoy fumando.
A los cinco minutos salió del local con dos vasos de cristal con lo que parecía ser un par de Wiski-Cola.
— Para ti José.
— Pero te dije una cerveza tío…
— ¡Toma! — Insistió cogiéndome la mano y llevándola hacia el vaso.
— Venga, pero es la última.
— ¡La penúltima!
Pues tenía razón, llevábamos allí más de una hora y ya habíamos bebido dos copas. La alegría se empezaba a palpar en el ambiente, en gran parte contagiado por Laureano. Al poco rato, aparecieron Beiras, Bruces y un par de amigos de este. Julio, que asó es el nombre de pila de Beiras, se acercó con uno de sus característicos saludos de cuando está de fiesta:
— ¿Qué bebes?
— Wiski. ¿Quieres?
Sin mediar palabra, tiró su cigarrillo al suelo, lo pisó varias veces y se adentró en la profundidad del local. Apenas cinco minutos tardé en verle salir, con un cigarro apagado en la boca y dos copas en la mano.
— Iba a pillar una copa a ‘mitas’ pero había ‘súperdos’ y así no andamos a rularnos el cubata para beber.
— ¿Pero no ves que todavía no acabé de beber esta copa? — Beiras, me miraba mientras me excusaba y remataba tocando mi nuca acompañado con de un: — ¡Bebe José!
Seis de la mañana. Hora de irse. Pues nos dimos cuenta de que todas las personas que se habían juntado a lo largo de la noche en los alrededores, ya se habían ido. Laure, Beiras y yo emprendimos ruta hacía el barrio por la infinita cuesta de Urzaiz.
— Puto sello de mierda que no se borra. — Decía Beiras.
— Ya te digo. — Contestó Laure. — ¿Por qué no llevas sello? José.
— Porque yo no he llegado a entrar en la movida esa.
Las carcajadas de Beiras eran pronunciadas, mientras Laureano me pegaba puñetazos en el hombro repetidamente, hasta que se paró en seco y dijo:
— Uf, con la coña, voy morado eh… — Decía Laureano.
No pudimos evitar reírnos, más todavía, cuando mi voz y la de Beiras se entrelazaron al unísono en un todo agotado, diciendo:
— Yo también…

 

Dedicado a Manolo Lama.