Viernes 14 de septiembre

— ¡Infeliz! ¿Qué haces por aquí?

Esas palabras me parecieron conocidas. Me hicieron volverme. Mientras miraba a la zona de donde provenía la voz, localicé a una chica saliendo de un coche estacionado. Era Natalia.

— ¡Natiti! – He descubierto que tampoco le gusta que mezcle su nombre con el de un mono. – ¿Y ese coche? ¿Es nuevo?

— Me lo ha dejado mi hermana. ¿Vamos a dar una vuelta esta tarde?

Miré hacia el suelo, y pese a las ganas que tenía de pasar más tiempo con ella, recordé que había quedado en la tarde con mi hermano para pintar la galería de mi casa, y así se lo expliqué.

— ¿Esa galería que me enseñaste que tenía demasiadas plantas?

— No son demasiadas. — Puede que sean bastantes plantas, pero para mí nunca serán suficientes. — He quedado con mi hermano, y de paso, me aprovecharé de su ayuda y así, también pintaremos una habitación o dos.

Natalia me miraba directamente a los ojos, como casi siempre. Mientras yo correspondía su mirada, se hizo un silencio, que se rompió cuando me dijo:

— ¿Quedamos mañana para comer? Tengo el coche hasta el lunes. Si no puedes mañana, el domingo.
— Mañana tengo que trabajar y el domingo tengo comida familiar en el pueblo. – Dije mientras pensaba que eme estaba precipitando en mi respuesta y me arrepentía al mismo tiempo. Pues tendría que haberle dicho que hubiese sido maravilloso pasar, por lo menos, un rato a su lado. En lugar de eso, por mi boca salieron tres palabras:

— ¿Sales esta noche?

La mirada de Natalia se perdió en el horizonte, como si estuviese pensando demasiado la respuesta. No sé, quizá en un alarde de egoísmo, quizá porque no sé planificarme, pero la verdad es que reconozco que fue una metedura de pata, pensar por un mínimo instante en que me dijese que no le importaba que no hubiese tenido tiempo para ella y que ella saldría esa noche conmigo a pasarlo bien. Entonces, tomó mi mano, me volvió a mirar a los ojos y me dijo:

— Esta no, tío…

— Bueno, no pasa nada… – Mentí.