Miércoles 12 de septiembre

Es curioso que, por un lado, los seres humanos hayamos sobrevivido por nuestro instinto, pero por también gracias a ser animales de costumbres. La necesidad de compartir vivencias o liberar emociones con otros de nuestra especie es algo que vamos buscando a lo largo de nuestras vidas para así complementar nuestro avance personal. Más allá de los niveles de afecto familiares y las relaciones sentimentales, a la hora de entablar una amistad, siempre me ha llamado la atención que encuentro un punto de partida común o alguna similitud que conecte conmigo, pero son otras partes diferentes las que hacen que llamen mi atención y lleguen a crear en mi una admiración.

Siempre he valorado mucho a las amigas y amigos que tengo a lo largo de la geografía, pero si de algo me siento afortunado, es de conservar la amistad de mis amigos de toda la vida: “Laureano, Beiras, Migue, Bruce, Pablo y ‘DJ’” o como me gusta llamarles “LAS RATAS”.

Millennials, nacidos entre el final de los ochenta y el principio de los noventa, nuestra amistad comenzó como cualquier pandilla clásica. Entre el colegio y las tardes jugando en las calles de nuestro barrio: ‘O Calvario’. Con el paso del tiempo se forjó sobrellevando la adolescencia, más tarde sobreviviendo juntos a las mejores fiestas, verbenas y botellones, donde además de “romper pistas” y bebernos hasta el agua de los floreros, también había tiempo para conversaciones de una intensidad cultural que bien podrían estar al nivel de concursantes de “Saber y Ganar”.

Hoy en día, más dispersos, por motivos laborales principalmente, algunos con más pinta de sellar las venias matrimoniales que otra cosa, mientras que otros “están bien como están”. Las reuniones son en lugares más relajados, normalmente donde se pueda tomar una “cervecita” y comer algo. Lugares situados de forma estratégica por el área metropolitana de Vigo. La joya de la corona: “Tapería: O Agro” en la zona septentrional de los montes de Valladares.

“Las ratas” un nombre peculiar, debido a la asiduidad con la que se sustituye el nombre propio de cada uno por el del suspicaz roedor. Con entonación de vacile o con un tono con más inquina, incluso, dándole una localización: “¿Qué haces, rata de campo?”, “¿De dónde vienes, rata de mar?” o “¡Mirad esas ratillas de las alcantarillas!” son algunos ejemplos.

Un grupo donde un insulto de vez en cuando, no tan solo no es tomado como agravio, sino que hasta se agradece. Gente legal y válida donde las haya, que me saca muchas veces de quicio, pero también de mis problemas. Con capacidad de crítica constructiva, mucha. Me templan cuando me pongo nervioso, los que motivan a celebrar las cosas buenas y los que más me ponen los pies en el suelo. Con los que comparto miles de anécdotas e incluso de los que me sé mejor las suyas que ellos mismos.

Mis mejores amigos, que al igual que yo y que la mayoría de personas, están realmente ‘mal de la cabeza’. Lo que les diferencia del resto, no es que estén locos a su manera, si no que ellos saben que están “como una regadera”.

 

 

Para la gente que se quedó por el camino.