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España, desde la transición hasta el día de hoy, ha tenido una evolución en el entorno humorístico paulatina y ascendente, tanto en la publicación por la parte de los medios como en la comprensión de la sátira, la crítica y la ironía por parte de la sociedad. No ha sido igual el progreso de la censura, bien lo saben muchos dibujantes y viñetistas que han acabado juzgados y/o con algún número de sus revistas secuestrado. Pero parece que la situación de la libertad de expresión en este país está en todos los niveles, en un momento más agitado que una noche de tormenta en la Costa da Morte. Todos sabemos que en España tenemos un gran sentido del humor. Siempre y cuando no nos afecte directamente, claro. Por ello, desde hace un tiempo, en la prensa, en los medios y en las redes sociales, se vienen buscando, los ya famosos límites del humor. Muchos, dicen que no hay límites, algunos, reivindican que el humor tiene su límite entre la línea que establece la incomodidad, otros que, si lo que se dice, hace reír o no, para otros el límite del humor es Bertín y Arévalo…

Con las redes sociales, además de la moda donde intentamos mostrar lo bien que nos va, se suma la tendencia a creer que podemos opinar sobre los demás y marcar lo que se entiende como “opinión pública”. En el ámbito del humor deriva en creer que las personas que hacen un chiste tienen que pensar en lo que le va a molestar a cada persona que va a recibirlo, en un momento que el nivel de lo políticamente correcto es muy bajo y cualquier cosa se considera incorrecta, llegando a niveles de querellas por el uso de la comedia. Vivimos una época en la que la libertad de expresión, que es un derecho recogido en la Declaración de los derechos humanos, pasas a un segundo o tercer lugar, para ponerte en una situación en la que puedas ser denunciado por Ortega Cano por llamarle borracho y que un juez te haga escribir públicamente que ese día solamente había “cenado fuerte”.

Deberiamos ir aprendiendo que estar ofendido no significa tener la razón. Y más en un mundo donde existe el Ku Klux Klan o el partido político VOX. Si una persona piensa que un tema no es como tomárselo a broma o se ofende, es totalmente su problema, a no ser que tenga tus nombres y apellidos. E incluso ni así. Pues hace un tiempo, muchas personas se ofendían de que Irene Villa, víctima del terrorismo de ETA, se reía con los chistes de comedia negra que se hacían sobre ella. No sé si porque Irene no ejerce ese papel de víctima superada y sí el de superación, o porque no pueden acabar como en otros casos, diciendo: “Ojalá te hubiesen puesto una bomba a ti.”

El problema ha traspasado los límites de la justicia. Parece que a la fiscalía, la apodada ya, “fiscalía antichistes” y que pagamos entre todos, invierte su tiempo en acusar tuits de cantantes, chistes sobre Carrero Blanco, hacer que los raperos se exilien, secuestrar libros y aún por encima, se pone a ver todo el rato qué hace Willi Toledo, que no lo hace ni sus familiares más allegados. Es mi opinión pero, a poco que te pongas a pensar, quizá hay cosas más importantes, pero claro, no soy fiscal.

No conozco a nadie que diga siempre lo que quiere, cuando quiere y como quiere. Al menos nadie con familia, trabajo y amigos. Nos censuramos día a día, y aún así, todos metemos la pata de vez en cuando, nos venimos arriba y decimos tonterías, pero no por ello tiene que ir nadie a la cárcel.