Hace un par de semanas, por la mañana temprano, me encontraba pasando el reconocimiento médico para la empresa. Análisis, verificación del coordinado de los sentidos, examen cardiovascular y medición de altura, hasta ahí todo correcto. El problema apareció a la hora de medir el pesaje. La médica que me atendía, desde una extrema delgadez de tener pinta de haber sido hippie a tiempo completo en los años setenta, me miró a los ojos y con una voz tierna pero rasgada de los cigarros que salía a fumar en los descansos, me dijo: “Chaval. Mides casi un metro noventa, pero tu peso está desfasado por lo menos en siete u ocho kilos”. Por unos segundos me quedé esperando a que se tratase de algún tipo de chiste sobre gordos que no había entendido del todo, pero comprendí al momento que, tal y como están las cosas hoy en día con las minorías sociales, solamente un gordo, obeso o desfasado en su peso podría bromear con ello. Por eso, con esa teoría en la mano, procedí: “Es que he estado practicando antes de las fiestas de Navidad y se me ha ido de las manos lo de comer”. La médica, moviendo la cabeza de arriba abajo confirmando la evidencia, movimiento combinado con una gran carcajada a algo que prácticamente ni es gracioso. No podía negar la evidencia pensando para mis adentros que aquella señora tan delgada podría llegar a ser un figurante zombi de The Walking Dead y yo únicamente podría ser un gordito al que se comen para que otros se escapen. Tenía que asumirlo, estaba desfasado en mi peso. Cuando salí de la clínica, lo primero en lo que pensé fue: “¡cómo se reía la médica, la muy asquerosa!”, pero lo segundo fue: “¡voy a hacer dieta! Misión ‘hacer dieta’, igual que la Legión. De hecho, debería buscar un perfil de dieta para estar igual que aquel legionario que incendió las redes sociales de la sensualidad que desprendía. Bueno, mejor con la dieta del compañero que salía tras él. Que tiene cara de comer tarta de vez en cuando”.

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Objetivo fijado, el segundo paso es comenzar. No quería empezar de una manera descontrolada, por ello, desde el desconocimiento total, tras buscar en Google “tipos de dietas”, “dietas efectivas” o “cómo adelgazar sin moverme”, pero con un resultado muy poco efectivo, decidí hacerme una lasaña boloñesa y comentarle mi problema a mi amigo Rodolfo Peres, nutricionista y cobaya experto en vivir todo tipo de dietas en su propio cuerpo para medir su eficacia. Siempre recomienda hacer yoga y da consejos de salud en foros bajo en nick de RodolfoPeres _el Dietas666. “Una dieta es efectiva en la que pases hambre, lo que viene siendo un régimen, ya sabes que de ahí viene la palabra, pero lo mejor es comer de todo, pero en pocas cantidades y si la combinas con dieta del cucurucho, que supongo que ya sabes cuál es…” En resumidas cuentas acabó insinuando que el problema no es el producto sino las cantidades. Esa misma noche me despedí de mis kilos con una buena pizza y un par de cervezas.

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Desde el primer día he estado entrenando la mente para cuando quiera comer algo que engorda decir: “Solamente la mitad” Y si engorda mucho: “Solamente la mitad de la mitad”. También a partir de ese momento, la botella de agua es una extensión de mi cuerpo. “Tienes que beber mucho, pero no demasiado, que puedes retener líquidos.” A la semana los compañeros de trabajo comienzan a preguntar: “¿Qué pasa?¿Y tu bocadillo?¿Estás a dieta?” Quién está comiéndose una maldita manzana con ansia, una persona que lleva siete días a dieta, bueno, o un gorrino, pero porque aunque le pongas una rueda de un carretillo se la comería con ansia. El cerdo, un animal exótico. “Dale prioridad al pollo y al pavo, combinando con pescado blancos y azules, carne roja de vez en cuando y evita la grasa del cerdo”. A los diez días todo empieza a relacionarse con comida. La gente me hablaba de zumos diluidos, de Dukan y del apio como si les pagasen por ello. Me acerqué al hospital a ver a un amigo que operaron de apendicitis. Cuando le trajeron la comida y él lo rechazó por falta de apetito, me pareció una falta de respeto, porque él estaba convaleciente tras una operación pero yo estaba a dieta. Lo solucionó cuando me ofreció la comida y me contaba unas anécdotas mientras me comía aquel plato de hospital que sabía a restaurante tres estrellas Michelín. A las dos semanas mi pensamiento sobre la comida se podría comparar con el que le debían culto a la Iglesia en la edad media, sintiéndome como un hereje cada vez que comía algo que engorda. Sentía envidia del niño que le encantan los garbanzos. Mi mal humor aumentó en considerabilidad, sobre todo hacia todas las cadenas de comida rápida, al grito de “ESA PUBLICIDAD DE MIERDA DEBERÍA ESTAR PROHIBIDA” cada vez que veía un anuncio en la televisión o “ESTO DEBERÍA LLEVAR FOTOS DE NIÑOS OBESOS PARA AVISARNOS DE LAS CONSECUENCIAS COMO EL TABACO” cada vez que veía un producto de bollería industrial. No podía estar en una misma habitación que una persona que hubiese dicho “de adolescente me podía comer una vaca que no engordaba”. Sabiendo que me estaba volviendo loco y empezaba a dar vergüenza ajena a mi familia, pareja y amigos, consciente de que quería adelgazar para volver a comer cuando adelgazase decidí dejar la dieta, apuntarme a un gimnasio para probar otras vías y cambiar de referente, Boliche de la serie “Los Serrano” por ejemplo, que a él le funcionó.

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