Antaño, los tatuajes eran cosa de marineros y presidiarios. Los primeros se hacían imágenes de barcos, anclas o sirenas, aunque también era común ver el nombre de las aventuras que tenían en cada puerto. Los segundos, con una imaginación comprensiblemente más variopinta, podría derivar desde un simple lunar a cada uno de los días de su estancia en el penal, pasando por corazones, flechas e infinidad de figuras. Eso sí, todo muy artesanal.

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Hoy en día la cosa ha cambiado. Ya bien, por la idea de hacernos una imagen que nos diferencie del resto, o bien, influenciados por las calcomanías que venían en los chicles, en España, empezamos a ver las primeras generaciones de padres tatuados. En cualquier ciudad de la península, te puedes encontrar las llamadas: “tiendas de tatuajes”, que incluso es habitual que vayan acompañadas de piercings y complementos. Tiendas en las que destacan fotos de partes del cuerpo tatuadas que se cuelgan a modo de muestrario. Pues cuantas más fotos, más confianza asemeja dar la tatuadora o tatuador. 

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El nombre de tus familiares, una fecha simbólica, tu número de la suerte, etc. Muchos son los motivos por los que cualquiera podría hacerse un tatuaje, pero sin lugar a duda mis favoritos son los nombres de pareja. Siempre pensamos que una relación va a durar para toda la vida, y resulta que lo que sí acaba durando para toda la vida son los tatuajes.  A no ser que te dejes los ‘billets’ en tecnología láser u modificarlo con más tinta. Conozco el caso de una pareja que se tatuaron mutuamente sus nombres. Es el caso de Aitor y Ana. Que después de diez años de relación, se dejaron. Ana, reutilizó el nombre de Aitor para la frase “the traitor’s true name” (El verdadero nombre del traidor) y en el caso de Aitor, por un precio más asequible, cambió el sentido del nombre de “Ana” añadiéndole un Full delante, con el resultante de su espalda con la palabra “Fulana”. Así es la vida.

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Cierto es que, en estos últimos años, la adicción a la tinta sobre la piel ha crecido y está a la vista. Atrás van quedando esos estereotipos de no tatuarse por temor al rechazo en el ámbito social o laboral, pero hay gente que quizá se le haya ido de las manos. Hay gente que tiene partes de piel entre tatuajes. Que les miras de lejos en la playa y parecen un guepardo tumbado al sol. Cualquier parte con piel vale, pero incluso la lengua o el tímpano. Llegará el día en el que en algún quirófano se vea un hígado o un riñón tatuado. En mi opinión, tatuarte el cuerpo entero solo tiene sentido si estás en la cárcel y plasmas en ellos tu huida de esta.

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Pues el arrepentimiento es proporcional a la cantidad de amigos que tengas con máquinas de tatuar o de las veces que te repitan que te van a tatuar gratis. Puedes ir con el deseo de querer una hermosa y bella flor. Esperando una rosa negra, cuando miras el dibujo se parece más a una coliflor. Deseas la cara de Michael Jackson en tu muslo, pero el resultado es Paquirrín con sombrero. Incluso no tiene que ser instantáneo. ¿Cuántos MyLittlePony, Hello Kitty y cojenitos de Playboy estarán allá por el año 2045 con desfigurados y con las orejas gachas? Las palabras y frases con faltas de ortografía o en otros idiomas también pueden ser motivo de arrepentimiento. Te dicen que en las letras árabes que te han tatuado pone “FUERZA Y VALOR” y resulta que en un viaje a Abu Dabi te enteras que pone “COMADREJA VERDE”, y te arrepientes de aquel día de borrachera.

Hoy en día, lo raro ya es ver millennials sin tatuajes. Supervivientes a necesidad de agujas y dolor o principalmente porque no tendrán ningún motivo. Personalmente, a mí me convencieron de que tatuarme un extracto de mi canción favorita iba a ser precioso, pero viendo en mi pecho: “an de güelgueinjein kiu yi fu gui reini brusprisis truiti gueibrus in the guetto.” del Príncipe gitano ya no me parece tan buena idea…