La semana anterior no he podido escribir por motivos diversos, pero principalmente a causa de un ser, que pudiendo elegir a miles de personas, ha decidido que mi cuerpo era el idóneo para intentar sobrevivir en este mundo. ¿Un espíritu maligno? No. El virus de la gripe.

Como si de un amor a primera vista se tratase, el virus comenzó a tontear conmigo tras el festivo de difuntos. No soy de los que suele decir “a mí no hay quién me tosa”, ni de ponerme ropa de entretiempo, pero a los dos días la gripe me había conquistado y ya me tenía en la cama haciéndome temblar.

Visita a mi médica de cabecera que, tras examinar los síntomas, comentó literalmente: “Ibuprofeno si es bueno y jarabe de palo, si es malo.” Además de creerse que es ‘Lupita’ de “Los Lunnis”, la médica se olvidó de especificar si el jarabe era para una “tos con mocos” o una “tos seca”, por ello, la farmacéutica me llevó a un debate de elección. Victoria para el de los mocos. Porque una gripe tiene: fiebre, sudores, malestar, tos, pero, sobre todo, MOCOS. Es incomprensible la infinidad que se puedo producir teniendo gripe. Se podría decir que no se conoce nada más infinito, con el permiso del universo, las matemáticas y Jordi Hurtado.

En plena cuarentena, comienzan las agonías. Intento respirar por la nariz, pero no lo consigo, en el segundo intento, el mismo resultado y al tercer intento un pitido lo confirma, estoy atascado. Desde ese momento, comienza el secuestro de rollos de papel, que van desapareciendo a lo largo de los días y llenando una bolsa de basura con sus desechados cadáveres, hasta que se acabó el papel y teniendo mocos todavía, otro suplicio.

Fin de semana de sofá, mantita y peli. Y otra peli, y otra, y series, documentales, programas, videojuegos, juegos de mesa… Eso con quién se me acercaba con miradas de condolencia cada vez que tosía, diciendo “este año ha venido muy fuerte”, pero que conste que también he oído algún que otro “¡No te acerques, que me lo pegas!”, sufriendo el llamado “repudio gripal”. ¡FREEDOM GRIPOS@S!

Me acosté el domingo pensando que podrían haber sido mis últimas palabras, pero se obró el milagro, la sensación ayer, era de haber mejorado. Respirar por la nariz ya no es un recuerdo del pasado. “¡Qué suerte que era fin de semana y he podido librarme de esto sin perder ni un segundo de la rutina semanal!” Pensé. Aunque realmente no he conseguido saber si eso es bueno o malo.