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Hoy, día mundial de la docencia. Día de profesores, instructores, maestros y enseñantes. Las elegidas y elegidos para “enseñar a aprender”. Ardua tarea, en un momento en el que no existe la sed de conocimientos, ni tampoco hay vergüenza sobre la propia ignorancia, pues la información está a un solo ‘click’.

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Desde una recién licenciada en educación infantil que se refiere a sus alumnos como “mis niños” hasta el catedrático bicentenario que le ha dado clase tu madre, a tu hermano mayor, a ti y ahora le está dando clase a hermana pequeña, el abanico es amplio:

Recuerdo que en el colegio donde estudié, había un profesor de lengua gallega que tenía la jocosa manía de lanzar tizas a los distraídos, el muy hijo de… Un día tuvo que dejar el jueguecito porque se equivocó y lanzó el borrador en lugar de la tiza. Este, llegaba todas las mañanas con la profesora de matemáticas en su coche, por lo que todo el colegio pensaba que estaban liados. La profe de mates, una de esas profesoras que le entendías todo lo que explicaba día a día pero que cuando llegaba el examen estaba escrito en albanokosovar y no te enterabas de nada.

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El profesor de ciencias tardaba media hora en empezar la clase y luego nos echaba la culpa, una profesora de inglés que siempre que le pedías para ir al baño te decía: “In english, please” y al de gimnasia no lo he visto hacer gimnasia en mi vida. Aunque la docente más destacada de toda mi escolarización fue una sustituta de lengua española que enamoró a medio colegio y conseguía que los más distraídos se sentasen en primera fila e incluso que los fumetas estudiasen. A mí me castigó una vez y perdió todo su encanto de golpe.
Los castigos: las famosas “copias” y quedarse sin recreo. El motivo, llego tras un: “¿En tu casa también pintas en las mesas?”, que era una de las frases que más repetían, muy reñida con “Que se entere toda la clase de lo que habláis” y “El examen será fácil si habéis estudiado”.

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En unos tiempos que el que la enseñanza ya no te garantiza un puesto fijo, un buen sueldo o unas vacaciones largas, todos tenemos o hemos tenido una profesora o un profesor de los que nos acordamos, a veces, por lo bien que explicaba; otras, por no decir la mayoría, porque nos suspendían cuando la nota global casi llegaba a un cinco.