Estoy en el bar con algunos amigos. Carlos uno de ellos nos cuenta que lo ha dejado con su novia y lleva unos días que no está muy bien. Jaime suelta un “sé cómo te sientes”, Pedro le sigue con un “bueno tranquilo, hay más peces en el mar” y yo lo enfrío con un “es lo que hay”. La camarera, incapaz de no meterse en la conversación, sentencia con un “con el tiempo te acabarás riendo de esto”. De pronto aparece ese típico falto de conversación que cuesta más quitárselo de encima que un baño de alquitrán. “No os deis la vuelta, no miréis.” Dije. Nada más procesar el mensaje, a todos le faltaba cuello para girar con la menor sutileza posible, intentando saber de quién se trataba. Parece que acaba de salir del baño y me saluda con la mano algo húmeda. Expreso una leve incomodidad que él remata con un “Tranquilo, sólo es agua”.

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El peluquero me pregunta cómo quiero el corte de pelo. En un alarde de originalidad le indico que “sólo las puntas”. Confío que cumplirá el trato. Pobre diablo yo. Me dispongo a ir a cenar con mi novia cual me enseñó a comprender la mentira que existe tras eso de que “las mujeres no hacen caca”. Le pregunto cuánto le queda por acicalarse y me responde con un “sólo va a ser un momento”. No puedo reprocharle nada por una ‘movida’ de una vez que le dije “yo te aviso” cuando estábamos… y bueno… que no… tal. Una semana en el sofá tampoco es para tanto.

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Mi hermano y yo nos encontramos con una amiga de mi madre, que es conocida por presumir que su perro “es listísimo” si quiere salir a la calle rasca la puerta. Le comenta a mi hermano “come un poco más, que estás muy delgado”. A mí no me dice nada relacionado con engordar. Una señora, creyente, en una sala de espera recibe la noticia de que la operación de su marido ha salido perfectamente “gracias a Dios”. Diez años preparándote para realizar eficazmente tu trabajo para que le acaben dándole las gracias a otro. ‘In your face’ cirujano salva vidas. Estoy muy contento me dispongo a jugar al último videojuego del mercado. Mi madre en la puerta de la habitación y tras un “jugar a la consola… ¿a tu edad?” consigue quitarme toda la simbólica ilusión con la que pueda jugar un niño de veintisiete años…
A veces podemos llegar a comunicarnos con frases que llevan a un punto concreto de incomprensión. Que no acaban llegando con la eficacia que deseamos al oyente. Vamos, que no nos entiende. No es que me importe mucho, ya que siempre hago caso a las camareras porque “con el tiempo me acabaré riendo de esto”.

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