Desde la revolución industrial siempre se ha intentado que la maquinaria fuese la principal aliada en las producciones en masa de cualquier producto. Algo que más tarde evolucionaría en los ‘protorrobots’ y que más tarde aún evolucionarían en un mechero-linterna, una ‘Termomix’ o una ‘Euro-Calculadora’. Con una inteligencia un poco superior a la de un tronista de ‘Mujeres y hombres y viceversa’, los acabamos esclavizando, pero ahora nos empeñamos en querer que hagan todo a la perfección, que procesen capacidades grandes de comprensión e incluso instalarle sentimientos para que en esta era de la comunicación nadie se encuentre solo.

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Desde robots que ponen vacunas estudiando tus nalgas a uno que te aplaude o abuchea, pasando por los que te pintan los labios, tocan instrumentos en sonido pregrabado o hacen guirnaldas con bridas, el mundo de la robótica es gigantesco ya hoy en día. ¡Si existe hasta un robot argentino!

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Los expertos sabiendo todo esto y más, estiman que en pocas décadas, nuestras televisiones podrán analizarnos de ‘arriba abajo’. Nuestros empleos de la fábrica serán arrebatados por los ‘Decepticons’. Compartiremos las oficinas con androides y algún que otro ‘Jes-Extender’ que no paran nunca de contar su historia con la chica del anuncio que decía: “Yo no sé a los demás, pero a mí me gustan grandes” y que no dudan en quejarse al sindicato de robots, ‘el ‘SDR’, en caso de abuso o lo conocido como ‘Intimidación robótica’. Incluso nuestros hijos pueden ser atracados en plena calle por ‘Roombas’ mafiosas que únicamente se pueden combatir con escobas hasta que se roboticen todos los militares y las autoridades locales. En España tendremos a los “Robot-CivilGuards” mitad ‘Robocop’, mitad Guardia Civil.

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Por eso os invito a que no confiéis en los robots, porque aunque ahora solamente veamos en la tele el mismo robot que da la mano, tira un penalti y se cae por subiendo unas escaleras, están ahí, en la sombra. Preparando su venganza…

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