Los descuentos del verano han vuelto una vez más cual ‘featuring’ de Enrique Iglesias. Las puertas de las principales tiendas del textil empiezan a llenarse de reporteros aconsejando “cómo sobrevivir a las rebajas” y las jubiladas, que pierden sus dolores de rodilla y ciática, batallan y discuten por las prendas con mayores descuentos. Pues saben que si salen victoriosas, podrán presumir ante sus amigas de lo geniales que son las prendas que han comprado y lo poco que les han costado.

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El pasado sábado, apoltronado en el sofá con mi pareja, mientras reposábamos la comida, buscábamos un plan para esa misma tarde. Podría haber dicho como opción dar un paseo por el mirador, ir al cine o incluso irnos a un balneario a desconectar. En lugar de todo eso, solté un breve, “¿por qué no vamos de compras?” En ese momento mi pareja puso la misma cara que un conejo cuando le dan las largas. Pues todos odiamos las rebajas tanto como nuestras parejas las odian, y viceversa. Como detractor, la mayoría de veces acabo sufriendo en alguna esquina o banco del centro comercial.

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Pero esta vez no. Busco encontrarme con unos pantalones que me gustaron en su día, que los he visto a mitad de precio y ahora me gustan aún más. Esta vez soy yo el que quiere ir a la batalla. Sumergirse en el abismo de la multitud y rezar porque no nos toque esperar en muchas colas. Eso en la teoría. En la práctica son colas en los probadores, colas en la caja, colas hasta para ir al baño. Pese a todo eso únicamente tenía en mente, no perder la mano de mi novia entre la marabunta y me impacientaba por llegar a la tienda. Allí estaban. El pantalón. Un pantalón que hasta mi pareja dijo al verlo: “Es precioso, de verdad.” Y lo son, uno vaqueros preciosos, de verdad. Ese “de verdad” de mi pareja, refuerza que realmente le gustaban, porque nada más que un simple “es bonito” es lo que han recibido los otros diez que tengo en el armario. Entré en el probador, y acabé de completar la simbiosis, pese a equivocarse una señora de habitáculo y abrir mi cortinilla cuando estaba en ropa interior. “No pasa nada señora, mi madre me hacía lo mismo.” Efectué la compra y por fin era mío. Ya había cumplido. Me había encontrado con mi pantalón como quería. El problema es que también me había encontrado con dos pantalones más, tres camisetas y un jersey probablemente no lo utilice en todo lo que queda de año, pero vuelvo a casa contento de la compra que he hecho, felizmente engañado pese a caer en la necesidad de comprar compulsivamente, aunque bueno, el jersey me ha costado SOLAMENTE 10 €, DIEZ EUROS, ¿Os lo podéis creer?

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