Tener una buena o una mala apariencia a juicio de los demás, ha acompañado a la humanidad a lo largo del tiempo. Ya en las antigua Grecia, los dioses se transformaban para no aparentar ser dioses. Miles de años después, Urdangarín aparenta ser honrado, Marichalar aparenta estar sereno, Pipi Estrada saber de fútbol y Marhuenda saber de política…

Puedes ser el mejor de alguna disciplina, o puedes hacer creer a los demás ser el mejor. Pero la misma rapidez que quieres para ser algo que no eres, la pueden tener para juzgarte. “¿Yo qué sabía que aquella chica con bigote, era una travesti y no una mujer portuguesa? Dejadme vivir.” Pensaría Ronaldo Nazário da Lima.

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La subjetividad de la apariencia hace que para unos tenga más importancia que para otros, y muchas veces nos vale para reafirmarnos en nuestra primera opinión o cambiarla con el conocimiento más profundo de la persona. No se puede pretender que los participantes de ‘Mujeres, hombres y viceversa’, por ejemplo, discutan sobre los teoremas profundos de Kant y Kafka, pero pese a vivir de una faceta estética, tampoco serán todos analfabetos. Al fin y al cabo, no toda la gente que sale del “after” a las 8 de la mañana es mala, ni toda la que sale de misa de doce es buena.

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Desde pequeños aparentamos estar enfermos para no ir a clase y jugar a la consola, nos hacemos los borrachos para ser aceptados o decimos pequeñas mentiras en las entrevistas de trabajo y en las redes sociales. Mínimos ejemplos que nos acompañan en esta apariencia social, que añadidas al cóctel predecesor de casarse, tener hijos, comprarse un BMW y el sistema más grande de cine en casa; hacen que el XXI, tome trazas de convertirse en “el siglo del postureo”.

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