“Postverdad” (post-truth) o “posverdad”. La palabra más importante de 2016 según “Oxford”(el diccionario). Término de actualidad en la parrilla, ya sea internet, radio, prensa o televisión.

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La posverdad se define como un neologismo que describe una situación en la cual, se le da más relevancia (o toda la relevancia) a una información poco objetiva, apelando a las emociones o creencias personales. En otras palabras, enmarañar y enmarañar la evidencia hasta que me venga bien y pueda salirme con la mía.

Pocas son las personas que no han dicho alguna vez en su vida la frase: “Que sean sinceras es lo que más valoro en las personas”. En la práctica, mucha de esa gente votó al Partido Popular, le dieron el mandato. Tras cuatro años de confirmar que el plan de gobierno de Rajoy era “todo falso, salvo alguna cosa”, volvieron a salir elegidos. ¿Qué importa que en las noticias y en la prensa hablen cada día de la corrupción de este país? “¿Tú has visto cómo está Venezuela? Madre mía.”

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La elección de Donald Trump en Estados Unidos también estaría en esa categoría inequívoca de rebelión contra el sentido común. ¿Y en qué utilizaría magnate el “truco” de la posverdad? En absolutamente todo. Se podría decir que Trump es el “Fucking Boss” de toda esta movida. Llegó a decir desde que Obama no era estadounidense hasta que el Papa pidió el voto para él. Incluso llego a afirmar que Hillary Clinton traficaba con bebés. Cuando se contrastaron muchas de estas informaciones, Trump ya presidía la Casa Blanca. La mayoría de diarios digitales que difunden sus “noticias”, lo hacen principalmente por las redes sociales, operando como máquinas polarizadoras, ayudando a confirmar noticias falsas y por tanto amplificando los puntos de vista preexistentes entre los estadounidenses.

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¿Pero qué complejos sistemas nos infunden la posverdad desde pequeños? Las madres. Las madres son auténticos autómatas de generar posverdad. Las ‘escapatorias’ de las vitaminas del zumo, no poder bañarse en el mar tras la comida o por qué “lo negro” del plátano únicamente gustaba a las madres y a Carlos Arguiñano. Y es que nadie domina el limbo de la posverdad mejor que ellas, porque para comer siempre hacen “comida”, porque las cosas están “en su sitio” y porque ese producto que tanto odias está en el nuevo plato que ha hecho, “pruébalo anda, que seguro que te gusta”. Y no, vete olvidándote de que te echen droga en la bebida, por lo menos, si no la has pagado antes. Y no, tampoco les duele a ellas más que a ti… ¿No ves que es a ti a quién han castigado?

Posverdad

En mi opinión, la posverdad ha existido desde los inicios de la humanidad: El mito de la caverna de Platón, el beso de Judas, el caballo de Troya o el vídeo de Ricky Martin, la mermelada y el perro en ‘Sorpresa, sorpresa’, son algunos ejemplos que nos han llegado a lo largo de la historia, pero también mi pensamiento de que el Celta de Vigo es el mejor equipo de fútbol o aquel que en los años 90 iba diciéndole a todo mi barrio que Mónica Naranjo era hermafrodita, podrían considerarse también como posverdad. En la actualidad, es uno de los efectos de esta era de saturación informativa en la que vivimos. Se ha generado la necesidad de ser los primeros en comunicar cualquier indagación sobre un tema. El problema viene cuando ese testimonio es proporcionado por una mala fuente, y sin importar si alguien sale mal parado, se publica y se da como veraz, la mayoría de veces, conscientes depara atraer el tráfico de visualizaciones. “¿Qué más da? Seremos los primeros. Solamente publícalo y punto.”