Un año más, inmersos en la puñetera “Operación Bikini”.

Venga, como locos a pasar hambre, y a rendirle culto al cuerpo (curiosa expresión, ya que los que mejores cuerpos lucen, menos suelen hacer gala de la primera parte de la misma).

Y claro, piensas “si quiero comerme un colín este verano, no me queda otra que rendirme a la masa borreguil”, así que, ni corto ni perezoso, más lo primero que lo segundo, o viceversa, vas y te apuntas al gimnasio.

Lo primero que descubres es que allí (y debe ser la única excepción en toda España) NO HAY BAR!! (Y si lo hay, solo vende zumos y batidos macrobióticos y otras mierdas del mismo calibre). Mal empezamos.

Una vez superada la primera decepción, te dispones a hacer ejercicios alternativos al levantamiento de vidrio sobre barra fija, que, en teoría, para eso has ido. Entras. Te recibe un “personal trainer” que, por constitución y carácter, bien podría ser un tipejo al que expulsaron de los marines de los USA por tratos vejatorios al enemigo.

Te prepara una tabla (y no de quesos ni de ibéricos, no) y te manda entrar a la sala de máquinas. Sala, que así, a primera vista, guarda cierto parecido con las cámaras de torturas de la edad media, pero que observándola más, alucinas. Allí hay aparatos más raros que en un sex shop de Afganistán. Cosas creadas por mentes retorcidas y maquiávelicas con un único objetivo: hacerte sufrir.

Media hora después, te duelen músculos que ni siquiera sabías que tenías, pero el gorila pendenciero no te deja apartarte de los aparatos siniestros, con gritos amigables como “TE PESA EL CULO, ¿O QUÉ?” o “VAMOS, QUE CON ESE FÍSICO VAS A DESBORDAR EL BAÑADOR POR DELANTE Y POR DETRÁS A LA VEZ”. Inflado de autoestima (sic) no te rindes, porque has venido a perder peso, no la dignidad (aunque empiezas a pensar que la dejaste en el vestuario, junto con tus pelotas).

Cuando por fin acabas, emprendes el camino a casa con dos ideas que no paran de rebotar en tu cabeza. La primera, por qué no te apuntarías a un gimnasio que estuviera más cerca de casa, porque te cuesta hasta andar. La segunda, dónde estará el bar más próximo.

¡Hostia, un bar! ¡Camarero, una jarra grande de cerveza! Error. Tus doloridos músculos ni siquiera son capaces de levantarla, y en un último acto de humillación, acabas pidiendo una cañita al camarero para poder ingerirla.

Llegas a casa, humillado, dolorido, indignado y casi a rastras, y entonces recuerdas aquella bolsita de marihuana que escondes bajo la almohada para momentos de crisis, y decides que ese es el momento más indicado para dar buena cuenta de ella. Así que te lías un porro más largo que una mala racha de la Real Sociedad y te lo hincas como si no hubiera un mañana, y claro, eso da un hambre….

Arramplas con todo lo que encuentras por la nevera, líquido y sólido, y piensas para tus adentros que has perdido los 60€ de la matrícula del gimnasio, y que lo de la “Operación Bikini”, como cada año, otro año será.

 

 

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“Muchas gracias Aitor, por ser una de esas personas que merecen la pena.”