Cumpleaños, homenajes, victorias o simplemente el hecho de estar con los amigos es siempre un motivo para la reunión. ¡Es hora de hacer una fiesta en casa! Cuidado, los preparativos pueden llevarte al estrés y hacer que esa sensación divertida acabe siendo un “en mi vida vuelvo a hacer nada”. Por ello, además de qué, cómo y quiénes celebraremos, debemos hacernos la pregunta de las preguntas antes de organizar la fiesta: “¿FIESTA EN MI CASA O EN OTRA CASA?”
Cuando es TU CASA: Tus amigos te han animado a hacer la fiesta en tu casa y accedes. Prefieres que el número de personas invitadas sea reducido. Tod@s han dicho que te ayudarán con la organización y posteriormente con la limpieza, pero tú sabes que nadie va a hacer nada y te comerás el ‘marrón’ porque pretendes quedar bien con todas las personas que han venido a tu domicilio. Es tu casa. Te conviertes en el responsable de la fiesta, te conviertes en tu madre. Suena el timbre. Ha vuelto el amigo que había bajado a comprar hielos en la gasolinera. Comienzas a vigilar las copas llenas, mediadas e incluso vacías. Ves que alguien ha vomitado en el cubo de la ropa sucia y a la foto que tienes de tu tía abuela le han dibujado unos cuernos, bigotes y una tremenda po…  Vuelve a sonar el timbre. Es tu vecino, que no puede dormir y quiere que bajes la música. No permites que la gente se duerma por nada del mundo, escondes todos los objetos con punta; pero no puedes evitar que el torpe de turno se siente encima de la tarta. Los más viejos, que se han pasado la noche criticando y comparando con fiestas del pasado abandonan la fiesta. Insistes: ¡Tomarse la penúltima! Se van porque acostarse después de las seis de mañana no le compensa porque quieren aprovechar el día siguiente. Suena el timbre. Es la policía. Se acabó la fiesta…

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Cuando NO es TU CASA: Te has unido a tus amig@s y habéis convencido a otro amigo para que haga la fiesta en su casa. Pactas ayudarle a limpiar al final; pero tu intención es irte antes de que se acabe todo el jolgorio. Exiges tener un buen anfitrión pese a que llegas una hora tarde. No es tu casa. Te conviertes en el irresponsable de la fiesta, te conviertes en Javier Gurruchaga. Suena el timbre. Llega un amigo que viene con otro amigo, que a su vez viene con dos amigas, que traen a tres amigas y un amigo más. Entablas conversa con todo/as, excepto con ese que ha estado rotando por toda la fiesta hablando de política. ¡Cuidado se acerca! Evitas discutir incluso cuando te habla de su cultura y tu incultura con expresiones como “Cómo no conoces a…” o “qué raro que no sepas quién es…”. Al final termina hablando con el que ha venido obligado y que podría estar pasándolo muchísimo mejor en su cama durmiendo ‘LIKE A SWEET BABY’. Gente empieza a dormirse por la borrachera. Te aprovechas de la situación y buscas pasta de dientes. Vas al baño y te das cuenta de que ahora es un fumadero de opio. No hay dentífrico. Vas a la habitación y ves que también ha cambiado a un motel. ¡Subid la música que queremos bailar! Exclamas. Consigues pasta de dientes para “echarte unas risas” y pintar la cara de los que tienen modorra. Mientras bebes y bebes, vas perdiendo la noción, despiertas, estás desnudo en una bañera y en tu frente han dibujado un pene con alas. Miras a tu alrededor, respiras, y te preguntas qué cojones ha pasado esa noche ÉPICA…

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