Son las 6 de la mañana de este lunes doce de junio. Acabo de salir de la ducha y vestirme. Me dirijo a la cocina en busca de mi preciado tesoro, que guarda, entre otros, un buen tazón de Cola Cao.

Con la modorra de sueño por haber excedido el tiempo de barahúnda con l@s amig@s anoche, recordé el festín de comida y bebida que nos dimos.

— ¡Menuda gresca! Pensé.

Mientras preparo la emanación de los dioses del cacao con leche tibia enciendo la radio. Un alborotado programa matinal debate sobre un tema de tanta actualidad como es el famoso percal de Ricky Martin, el perro y la mermelada. Apagué la radio.

— ¡Menuda algarabía! Pensé.

Encendí la televisión, sintonicé con el canal noticias. Un saturnal de titulares se mueve en la parte baja a un ritmo imaginario de techno, mientras la presentadora de informativos narraba: “7 políticos de Ourense, detenidos por adjudicaciones a empresas de sus familiares”, cambié a Teledeporte: “Victoria sufrida de España frente a Macedonia.” Apagué la tele.

— ¡Menuda jarana! Pensé.

Voy al baño a lavarme los dientes. De arriba abajo y de lado a lado. Con tranquilidad. Tanta, que se me resbala el cepillo y termina dentro del W.C., asomando solamente la parte final del utensilio higiénico:

— ¡Menuda movida! Pensé.

Me dirijo a la cocina. No hay solución para este cepillo y debe recibir sepultura en el cubo de lo ‘no orgánico’. De repente, mis vecinos del tercero se pusieron a discutir desenfrenadamente porque su hijo tenía una pataleta para no ir al colegio. La madre, cascabeleada por la situación, culpaba a su marido de que no prestaba atención ninguna a su provocador hijo y de paso le recordó varias veces el pandemonio sexual que había tenido con una de sus empleadas.

— ¡Menudo guirigay! Pensé.

Tomé el teléfono móvil en mi mano y accedí un grupo de Whatsapp en el que tenía tres mensajes sin leer, pero resultaron no ser mensajes de texto como tal. Uno era un vídeo de un amigo, este fin de semana, pasándose desvergonzadamente con el alcohol; el segundo era una foto de Jennifer Lawrence desnuda y por último el emoticono del mono tapándose la cara.

— ¡Menudo pollo! Pensé.

Entré en algunas webs de prensa nacional a ver la situación en el país. Recibí una llamada de mi jefe diciendo que si me importaba entrar una hora más tarde y como consecuencia, salir una hora más tarde. Acepté. Miré mi reloj, las agujas marcaban las siete menos diez y tras no darle muchas vueltas a lo acontecido:

— ¡Me da tiempo a otro Cola Cao! Pensé.