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Todos los días, aparecen noticias sobre personajes que están en boca de todos y acaban influyendo en la sociedad. Quién no ha visto a un chico con el peinado de Cristiano Ronaldo, fotos de chicas con pelo en las axilas porque lo ha hecho Madonna o a gente con gafas sin cristales porque “así van en la tele”.

“Es la persona que más admiro.”

Desde épocas de Frank Sinatra, Marilyn Monroe y muchos otros existen los clubs de fans. Lo mismo sucedió con Raphael y otros artistas en España. Nada que ver con la situación actual.

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“Pagaría por estar a solas con mi ídolo.”

Activistas, religiosos, fans asesinos, adeptos de bandas callejeras, “¿eres de los Beatles o eres de los Rolling?”, fetiches de las prendas, “yo me tiré al batería de…”, acampadas delante de las taquillas durante una semana, “cariño, si te fuese infiel sería con…”, póster tras la puerta, góticos-emo, “lo mejor, el vinilo”, partidos contra la droga, “quiero la nariz de…”, románticos que envían cartas con su sangre, “¿eres de Bravo o de Superpop?”, que te escupa tu ídolo, “le he preguntado si podía darle un beso y me ha dicho que no”… y toda una larga lista que demuestra que la evolución ha sido gigantesca.

“¡Famoso/a, guapo, eres mi fan número uno”

Hoy en día, la conexión “fan-ídolo” viene dada a través de las redes sociales. Principalmente Twitter. Una herramienta que utilizo mucho con la que a menudo corrijo las locuras que escribe Alejandro Sanz, envío ánimos cada quince días a Fernando Alonso o le pido a Sandro Rey que me bendiga cada noche antes de irme a dormir.

“Acampados a la puerta del estadio desde las 2 de la mañana de ayer, sólo para comprar una entrada.”

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