Esta tarde mientras recogía la ropa del tendedero, mi hija me contaba como cada día sus andanzas por el cole.

Está completando un álbum desde hace dos meses, lo tiene casi terminado; solo le queda una carta para completarlo. A lo largo de este tiempo, todos los días, cuando llega, me enseña las cartas que ha conseguido, me cuenta con quién las ha cambiado… con todos los detalles y toda la ilusión que se le pasan por la mente a una niña de seis años. Hace ya más de una semana que no tenemos novedades. Solo le falta una, y ya sabemos que cuando van quedando pocas son cada vez más difíciles de conseguir.

Esta tarde me ha contado que ha estado a punto de conseguir la carta que le faltaba:

“Mamá, hoy me iba a cambiar Andrea la 79 por la 32, pero no se la he cambiado porque se la he dado a Javier”.

“¿Y por qué se la has dado a Javier?” Le he preguntado, extrañada, sabiendo que la 79 era la única carta que le faltaba. “Porque se lo había dicho antes” me ha respondido.

Le ha dado más valor a su palabra que a las ganas de conseguir la única carta que le faltaba. Y en ese momento, me he sentido muy orgullosa de ella, y al mismo tiempo de mí, por haberle transmitido ese valor. Pero un instante después, me he planteado si lo estoy haciendo bien.

Todavía creo en la bondad, en hacer las cosas teniendo en cuenta cómo les afectan a los demás, tratando de no hacer daño. Y me siento bien así, actuando de otra forma mi conciencia no me dejaría vivir tranquila. Porque así me educaron a mí también. Pero igual no se lo tendría que transmitir a mi hija. Igual debería desengañarme a estas alturas de la vida, y empezar a pensar que la gran mayoría de la gente solo mira por sí misma, que no les importa pisar a quien sea con tal de obtener lo que quieren. Que esta sociedad practica el respeto pero solo hacia uno mismo. Que personas allegadas, o más bien que creías que lo eran, te venden a la mínima, y lo peor es que muy barato. Que a veces gana la maldad incluso cuando no saca beneficio: que hay gente que elige hacer daño frente a no hacerlo aunque no gane nada con ello. Y que quien asume la carga de salirse de esa corriente, quien sigue creyendo en las personas, quien es capaz de anteponer a los demás en muchas situaciones a sí mismo, sufre mucho.

Todas esas cosas han pasado por mi cabeza, y ha estado bien como debate teórico, porque en la práctica, yo no puedo elegir ser de otra manera, y tampoco pueda educarla en unos valores que no son los míos, y que no considero adecuados. Y al final, tampoco quiero, así que seguiré sintiéndome orgullosa de ella por ser como es.

 

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