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Lunes-7:05 AM

El despertador suena por segunda vez. ¡Qué de hostias le daba! Partirlo en mil pedazos mientras le digo: ¡Suena ahora, hijo de la grandísima! En cambio, aprovecharé toda esta rabia generada en mi lóbulo parietal para comenzar otro día cualquiera, otro día de rutina, otro día de trabajo. Empiezo a interrumpir mi posición de reposo, reajusto la configuración respiratoria, aumento la potencia del sistema locomotor y activo las partes de mi cuerpo necesarias para ser mínimamente funcional. Con eso, ya han pasado cinco minutos, pero me levanto con la sensación de que aún podría haber estado cinco minutos más en el calor de mi alcoba. O seis horas. Me dirijo al cuarto de baño. Abro el agua de la ducha. Me siento en el trono esperando que entre la fibra y la ayuda de Dios por haber madrugado, obren el milagro rápido. No debería de haber comido tanto ayer, en casa de mi madre. Tiro de la cisterna tras mi deposición matinal y me meto en la ducha. Salgo del habitáculo de mamparas, preparándome para vestirme, sin olvidarme nunca de ‘puto’ sueño que tengo. Pantalones vaqueros nuevos, camisa blanca con zapatos negros, que tenemos auditoría y hay que causar buena impresión. Pienso en el día que me espera y en que esto, no lo soluciona ni una taza de café hasta arriba de mensajes de “Mr. Wonderful”. Vestido y desayunado me dirijo a la entrada. Recojo la maleta, las llaves y un paraguas por si llueve. Salgo al descansillo y llamo al ascensor. Se abre. El vecino que vive en el piso de arriba está en él. Empieza a comentarme que esta semana se irá a hacer senderismo por unos cotos perdidos en las montañas de Lugo. Yo únicamente tengo fuerzas suficientes para esbozar media sonrisa. Se madruga o se es sociable, todo no se puede. La llegada al portal se me ha hecho eterna. Salgo por la puerta, suspiro y le pido a la Pachamama: “Ayúdame a que sea una semana llevadera y que no me dé ningún cabezazo contra el cristal del metro, mientras duermo camino al trabajo…”

madrugar feliz

Sábado-5:25 AM

Aún no ha sonado el despertador. Lo había puesto para las seis menos cuarto, pero por los nervios y la emoción apenas he podido dormir. Pero me da igual. Nos vamos de festival. Estiro mis extremidades, giro un par de veces el cuello y me levanto. Sin tapujos. Me desplazo por mi domicilio abriendo las ventanas para que airee. Abro el agua de la ducha y me siento tranquilo en el excusado. Todo fluye, y me lavo celebrando que ‘Sir Mojón’ se ha coronado caballero en el primer duelo con ‘Lord Meada’. Salgo del habitáculo de mamparas, preparándome para vestirme, sin olvidarme que apenas he podido dormir. Pero me da igual. Nos vamos de festival.  Hoy en mi ‘outfit’ primará la comodidad, por ello, me he puesto un pantalón de chándal y una camiseta de los suaves en la que pone: “Esta noche no se duerme”. He terminado antes de lo previsto y para celebrarlo, me he preparado un tazón de Cola Cao con Campurrianas, en un cuenco para sopas. Mientras desayuno, me repaso la lista de ítems que me llevaré al evento y termino de recoger todo. Enciendo la televisión para distraerme un rato, pues he quedado con un amigo a la ocho y aún son las siete. Vestido y desayunado recojo las mochilas y un saco de dormir, que, aunque iremos a un hotel, me han pedido que lleve por si le da a alguien ‘la pálida’. Salgo al descansillo y llamo al ascensor. Se abre. El vecino que vive en el piso de arriba está en él. Empiezo a comentarle que el fin de semana me iré con unos amigos y amigas a un festival de música. No está muy receptivo y solamente esboza una sonrisa. Se madruga o se es sociable, todo no se puede. Es normal, trabaja en el turno de fin de semana. La llegada al portal ha sido rápida. Allí me espera mi amigo, que me ayuda amablemente con el equipaje mientras esboza un: “¿Pero qué llevas aquí? ¿Piedras?” Salgo por la puerta, suspiro y le pido a la Pachamama: “Ayúdame a que este fin de semana sea épico e inolvidable y que no me dé ningún cabezazo contra la valla del perímetro cuando tenga que ir de extranjis a mear…”