Hace algo más de una semana que he vivido la mayor crisis tecnológica desde el día que salí de casa sin cargador y con un 5 % de batería, incluso superior a aquel día que se me cayó el teléfono en el ‘WC’ y tuve que meterlo en un vaso con arroz de rescate “SOS”. Me refiero al “gracioso” día que olvidé mi teléfono a cientos de kilómetros de mi casa. Cierto es que no me considerado nunca adicto al móvil (tengo un 32 sobre 100 en el prueba de la ‘Organización de consumidores y usuarios’ sobre adicción al teléfono) pero he de reconocer que hoy en día es una de las comodidades más grandes que existen y sin él, sentí una sensación de vuelta al año 1995 y que me faltaba algo cada vez que salía.

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Curiosidad

En casa, me distraía limpiando, jugando, escribiendo o dibujando, pero llegué a la conclusión de que no podría pasarme toda la semana metido allí. Después de salir a la ventana a ver que tiempo hacía, comprendí que necesitaba quedar con alguien para que parase esa locura progresiva. ¿Pero cómo? Ya que no tenía el número físico de nadie. Pensé en quién no lo había cambiado nunca con el paso de los años y que me supiese de memoria. Llamé a un viejo amigo. Sorprendido por la llamada, (ya que nunca solemos hablar por un medio que no sea de mensajería), sintió más sorpresa al darse cuenta de que únicamente le llamaba para sacar información y no por el interés de saber de él. De hecho, no se creía ni que hubiese olvidado mi teléfono e incluso en un momento me dijo “ahora te mando un SMS con todos los números”. Después de explicárselo bien, me dio los números de mis amigos y amigas; pero quedar con ellos no iba a ser tarea fácil. Hoy en día la gente no se compromete a quedar en un sitio de un día para otro. Por ello, me tuve que personar en la casa de mis amigos. De camino, tuve que preguntar una calle y fiarme del señor que me indicó ya que no podía mirar si estaba bien la dirección en Google Street. Encontrado el portal, tuve que timbrar y esperar a que bajasen. En la espera, un cigarro era el mejor de los aliados dado que la otra opción, el paseo, no me dejaba ir muy lejos ya que podrían no verme y no podría avisarles porque no tenía móvil…

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Una vez con los amigos en el bar, vivir al límite fue muy fácil ya que simplemente me ponía a mirar para ellos mientras tecleaban. Ahí, sin redes. Sin poder ver si Mariló Montero la había liado en Twitter o si había incendiado Facebook Willy Toledo. Con ganas de escribir “primero” en los vídeos de el Rubius o “pole” en los post de ‘Forocoches’. (Incluso soñé que que me robaba Cabronazi…) Prestaba atención a las conversaciones e incluso me paraba a hacer juegos manuales (y no me refiero a masturbarme en público) con lo que encontraba sobre las mesas de los bares y no, no sacaba ningun tema de conversación ya que no podía hablar sin la seguridad que me ofrece la Wikipedia…

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